viernes, 9 de mayo de 2014

EL HOMBRE QUE POR FIN PERDONÓ DESPUÉS DE SETENTA Y SIETE DÍAS

Esta es la historia de un hombre que siempre se sintió orgulloso de ser rencoroso. Su frase favorita era: "Yo no perdono, ni olvido. Si usted me las hace, yo me las cobro".

Un día a sus sesenta y tantos años, decidió acompañar a su esposa por primera vez a la iglesia. De una forma extraña y como él lo describió luego, se sintió tocado por el mensaje que habló ese hombre viejo y canoso que hablaba frente a todos, era como si Dios desnudó su vida a través de esas palabras. Fue tan intensa la experiencia que tomó la decisión de hacer una oración y entregarle su vida a Jesucristo. Sintió como si las lágrimas que corrían, lo hacía para refrescar su alma y limpiar la vergüenza en su cara.
De regreso a casa en el vehículo, no hubieron muchas palabras. Su esposa lo miraba por ratos mientras él respondía con su silencio sin despegar su mirada de la carretera. Llegaron a casa y se sentó en su sala, en su sillón favorito, y siguió meditando en lo que había hecho. Definitivamente algo había pasado en su interior, era como si una guerra había sido ganada en su corazón. Una guerra que para él nunca fue tan notoria como aquel día, pero que había llegado a su fin y tal vez por eso es que sentía tanta paz.
Se fue a dormir e hizo algo extraño esa noche cuando ambos se habían ya acostado, se dio la vuelta y depositó un suave beso en la mejía de su esposa y selló el momento incómodo con un "buenas noches". Giró rápidamente hacia su lado de la cama como queriendo esquivar la mirada atónita de ella a quien hace muchos años ignoraba cuando llegaba la hora de la recámara.
Al día siguiente, muy temprano por la mañana fue despertado por un ruido ensordecedor que venía de la casa de su vecino que recién iniciaba un proyecto de  construcción y reparación de su casa. Martillazos, tablas que caían, taladros que chillaban, cierras eléctricas que incomodaban. No lo pudo soportar y salio de la habitación, corrió fuera de la casa y llegó hasta donde estaba su vecino y comenzó a importunarlo para hacerlo ceder o por lo menos presionarlo lo suficiente para que bajara lo más posible los molestos decibelios de ruido que este y su gente provocaban. No lo logró, lo único que consiguió fue una de las mayores discusiones que jamás se hubieron visto en la colonia. Gritos, amenazas, dedos señalando con violencia fue todo lo que dejó el momento. Una vez más corrió hacia su casa planeando como había de ser su venganza, porque después de todo : "Yo no perdono, ni olvido. Si usted me las hace yo me las cobro". De pronto una voz en su interior frenó su impulso de venganza inmediata, y  una simple frase que había escuchado en la iglesia el día anterior hizo eco en él: 
Pedro se acercó a Jesús y le preguntó:
—Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces?
—No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces —le contestó Jesús—.
(Mateo 18:21-22 NVI)

Apenas ayer se había sentido perdonado por Jesús, hoy, esa voz en su interior sonaba como la misma voz del Señor, pero esta vez no le decía: -"Te perdono" , esta vez esa voz le decía: - "Es hora de perdonar como yo lo hice contigo". Esto era demasiado para él, la guerra había vuelto a su mente y corazón.
- Está bien Dios, voy a ceder con respecto a mi venganza inmediata, le voy perdonar su pecado a mi vecino, pero no más de setenta y siete veces. - Así concluyó él su dialogo con Dios. Salió luego apresuradamente a la librería de la esquina y compró una libreta, y en su primera hoja escribió:
Día número uno: Hoy perdono a mi vecino por lo molesto que es. Faltan setenta y seis días.
Cada día su vecino lo importunaba intencionalmente para hacerlo molestar. Seguramente disfrutaba verlo salir enojado a discutir con él.

Día número treinta y ocho: Señor Jesús, hoy perdono a mi vecino solamente porque tú insistes. No es justo que haya tirado en mi patio los residuos de su vieja pared de la cocina, espero que te hayas dado cuenta de eso. Faltan 39 días.

Cerca del día sesenta de construcción, el vecino molesto notó que ese día no salió nadie a discutir con él. La puerta del viejo gruñón vecino no se abrió esa mañana. -Seguro estará enfermo -  se dijo así mismo. Sin embargo para no dar tregua a su pleito, procuró hacer más intenso el ruido de sus equipos y sus labores.
Dieciocho días después la construcción había finalizado. El vecino molesto salió de su casa a medio día a  tocar la puerta de su viejo vecino gruñón. Tocó hasta que la puerta se abrió. La señora se asomó y le saludó.

-¿Está su esposo?
- Él está en cama.  - respondió ella.
- ¿Está todo bien? ¿Está él bien? -preguntó él con tono de susto.
- Hace diecisiete días sufrió un infarto, él se está recuperado, intentando descansar un poco. - respondió ella con cara de serenidad.
- Bueno. Espero que se recupere pronto. Solo había venido a decirle que la construcción en mi casa había finalizado.
- Está bien. Yo le haré saber las buenas noticias a mi esposo - respondió ella
De pronto, cuando estaba a punto de cerrar la puerta, se oyó una voz detrás de ella:
-Vecino, no se vaya.¿Porqué no pasa un momento? - preguntó el viejo.
- Estaba a punto de irme pero creo que puedo quedarme un par de minutos. - respondió el hombre, mientras entraba y acompañaba al viejo hasta la sala de la casa.
- Quería conversar con usted y darle las gracias por la gran lección de vida que he aprendido mientras lidiaba con su persona. - dijo el viejo.
- ¿Cómo así? -preguntó el vecino - ¿Qué está pasando? ¿A qué rayos se refiere?
El viejo levantó la libreta que traía en su mano derecha, la acercó hasta su vecino, la cedió en sus manos y le dijo:
- Estas hojas le explicarán mejor lo que trato de decirle. Revise con cuidado lo que he escrito durante setenta y siete días. 
El vecino molesto estaba sorprendido, asustado y confundido, pero su curiosidad fue más fuerte que él y procedió a leer entre susurros:
-Día uno... Dos, tres, cuatro...
Al llegar al día setenta y siete ya sus lágrimas habían manchado las hojas de la libreta que ahora se sentía pesada en sus manos, pues estas temblaban y casi no podían soportar el peso de esta. Después de dejar escapar un suspiro, con un poco más de fuerza en la voz este leyó:
- Día número setenta y siete. Señor Jesús, te doy gracias por mi vecino. Después de setenta y siete días de perdonarlo he comprendido que el perdón es la única opción que tengo para retener la paz que me has dado. Si él no hubiera hecho la guerra conmigo, yo no hubiera podido comprender lo que significa vivir con la paz de Dios en mi corazón. Hoy lo perdono y te pido que él pueda conocer tu perdón, como un día yo conocí el tuyo.

Ese mismo día, el vecino molesto pidió perdón, a su vecino y también a Dios. Después de setenta y siete días de guerra continua, la paz de Dios gobernó entre ellos.

Si usted que lee tiene problemas para perdonar y tiene un vecino o un conocido, tal vez un familiar que le hace la vida imposible, lo invito a que corra y  busque la librería más cercana a su casa o su trabajo y compre una libreta y escriba:

Día número uno. Hoy perdono a _____________________ ...

Puede que también usted aprenda una extraordinaria lección de vida.