miércoles, 2 de abril de 2014

NO HAY PEOR CIEGO QUE EL QUE NO QUIERE VER

La vida del ser humano es una mezcla de circunstancias, de sabores dulces y amargos.
Una de las circunstancias más amargas que puede atravesar una persona en esta vida es estar privado del dulce don de la vista, ya que esta está compuesta de pinceladas de colores. Por ejemplo piense un poco en esto: el amor adoptó un color, el luto adoptó uno también. Aún Dios gusta vestirse de uno, como para hacernos saber que hasta lo santo tiene color. Las figuras, los rostros, el horizonte, un atardecer en el mar, una sonrisa, un coqueteo, un adiós de lejos. Todo esto tiene un color para el alma, después que los ojos lo perciben. Por estas cosas y tal vez algunas más, es que es tan duro y amargo para muchos.
Una persona privada del sentido de la visión genera muchas reacciones en quienes les rodean. Lástima para los que viven cargados de orgullo, misericordia para los que se sumergen en la empatía, ánimo para los que ven en ellos una oportunidad de ayudar, valentía e inspiración para los que perciben en  ellos el coraje de sortear la vida, después que esta gestó un golpe que les arrebató la visión.

Yo personalmente opino: "Benditos sean los que sin poder ver, oyen la vida, saborean sus mejores momentos, tocan la voluntad de otros con una sonrisa y olfatean el peligro de cada día para mantenerse lo más lejos que les sea posible."

Sin embargo, en esta vida me he encontrado con otro tipo de ciegos que no ven, no porque hayan perdido el sentido de la vista, sino que han perdido de vista el sentido de la vida eterna. Recita un viejo dicho que escuché hace muchos años: "No hay peor ciego que el que no quiere ver" y estoy convencido una vez más, que los dichos, como dice mi mamá, están en lo cierto.

El sentido de la vida para el ser humano le fue otorgado cuando comprendió que la eternidad existe, y que esta comienza cuando emprendemos el viaje después de haber peregrinado por esta vida. El hombre o la mujer, o el niño o el anciano que no puede ver más allá de esta vida ha perdido de vista el sentido de su vida, lo que lo convierte en un ciego, porque no quiere ver. 

La esperanza de una eternidad es luz para el alma, teniendo en cuenta que el hoy es solo un paso que me acerca más a lo infinito.
Muchos no piensan en esto, y yo los llamo ciegos del corazón. No es acaso ceguera limitar el inmenso milagro de la vida a simplemente este ciclo sin sabor: Nacer, crecer, reproducirme y morir? Fuimos puestos en un universo infinito, bajo un techo impresionante y aun sin terminar de ser explorado llamado tierra, con un cuerpo arquitectónica y milagrosamente construido dotado de alma y aliento, para terminar concluyendo que después de muerto solo hay gusanos y cenizas para mí y para usted? Todo esto es tan ridículo como tener ojos y no querer ver jamás.

Hasta este momento del escrito usted puede juzgar mis palabras como a usted bien le parezca, pero que tal si le digo que Dios está de acuerdo conmigo. Basándome en la biblia como la Palabra escrita e inspirada por Dios, le invito a revisar este pasaje:

"Todo lo hizo hermoso en su tiempo, y ha puesto eternidad en el corazón del hombre, sin que este alcance a comprender la obra hecha por Dios desde el principio hasta el fin" (Eclesiastés 3:11)


Si somos eternos es porque Dios así lo quiso, y la eternidad es inminente tanto para el que la vea como para el que no quiera hacerlo. Una eternidad con Dios o sin él es lo que le espera, pero claro esto tendrá sentido para usted tanto como para mí si tan solo nos atrevemos a verlo. 

Dentro de las paradojas de la vida encuentro que hay ciegos que ven lo eterno tan cerca, y otros que ven que son ciegos solo porque no quieren ver un poquito más allá de lo que viven hoy.

Mi oración es que el mismo Dios hecho hombre, pero Dios (me refiero a Jesús), le abra los ojos al que no puede ver lo eterno, porque para ver a Dios se tendrá que hacer con los ojos del corazón bien abiertos. Lo animo, ore usted también a Jesús para que el milagro ocurra en usted hoy, yo se muy bien que él lo va a hacer, como lo hizo conmigo. De algo estoy seguro, usted también disfrutará del hermoso e inigualable color de la eternidad.






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